La semana pasada participé de una mesa de trabajo en la sede del Colegio de Arquitectos de Santiago del Estero. El tema era acotado: qué hacer con tres manzanas vacantes frente a la estación de trenes. Pero la conversación terminó girando alrededor de una pregunta más incómoda: por qué seguimos planificando la ciudad como si el suelo disponible fuera infinito.
El punto de partida: un terreno que nadie reclamaba
Las tres manzanas pertenecen al ferrocarril desde los años cuarenta. Durante décadas funcionaron como playa de maniobras y depósito de materiales. Cuando el servicio de cargas se redujo, el predio quedó en un limbo administrativo: ni la municipalidad ni la empresa estatal se hacían cargo del mantenimiento, y los vecinos lo usaban como estacionamiento improvisado.
El primer hallazgo de la sesión fue que nadie tenía un relevamiento actualizado del suelo. Los planos disponibles databan de 1998 y no reflejaban las filtraciones de agua ni los asentamientos informales que aparecieron en el borde este. Antes de hablar de diseño, tuvimos que ponernos de acuerdo sobre qué había realmente en el terreno.
Lo que aparece cuando se mira el agua
El segundo punto de la agenda fue el drenaje. La zona tiene un historial de anegamientos cada vez que llueve más de cuarenta milímetros en pocas horas. Un ingeniero hidráulico local trajo los registros de las últimas diez tormentas y marcó con lápiz rojo los puntos donde el agua se acumula contra el muro de la estación.
La propuesta que más consenso generó no fue la más vistosa: un sistema de zanjas de infiltración que recoja el agua de las cubiertas vecinas y la derive a un pequeño humedal artificial en la esquina noroeste. No resuelve el problema de toda la cuenca, pero reduce la carga sobre el colector principal y le da al espacio un carácter que no depende del mobiliario urbano.
La discusión que quedó pendiente
El tercer bloque fue el más tenso. Algunos colegas propusieron destinar una de las manzanas a estacionamiento para los pasajeros del tren. Otros insistieron en que cualquier superficie impermeable en ese punto contradice el trabajo de drenaje. La sesión terminó sin acuerdo, pero con un compromiso: volver a reunirnos en quince días con un estudio de demanda real de estacionamiento, no con suposiciones.
Lo que me llevo de la jornada es que la planificación urbana rara vez falla por falta de ideas. Falla por falta de datos de base y por la tentación de saltar directo a la imagen del proyecto terminado. Las próximas semanas van a definir si el predio se convierte en un parque de bolsillo con gestión de agua o en un estacionamiento más. La diferencia no es estética: es de criterio.